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EDITORIAL

Un acto más

"En la Puerta del Sol, como el año que fue otra vez el champagne y las uvas…". Así empieza una vieja canción de fin de año, como si los rituales de la media noche pudieran domesticar lo que no cesa de no escribirse. "Los petardos que borran sonidos de ayer…" intentan acallar lo que retorna, y "cinco minutos antes de la cuenta atrás" hacemos, inevitablemente, un balance:

lo bueno, lo malo, lo que se sostuvo y lo que se perdió. Pero aquí, en Ecuador, ese balance no es un gesto nostálgico, es un ejercicio necesario para no desmentir la crudeza de lo que vivimos. Porque, en un país atravesado por la violencia, cada cierre y cada inicio de año nos confrontan con algo que desborda cualquier celebración: la presencia de un real que insiste con brutalidad.

Quisiera escribir un editorial distinto, quizá más esperanzador, o al menos uno que pudiera hablar de otras cosas, pero es obsceno mirar hacia otro lado y refugiarnos en la teoría mientras afuera se desangra lo social.

Vivimos en un Ecuador donde el lazo social es tenso y está fracturado, a veces se recompone y, otras, queda suspendido en un estado de amenaza constante. Violencias explícitas y también sutiles. Violencias que se leen en los titulares de los medios, pero también en los cuerpos: en el miedo cotidiano, en la angustia constante, en el silencio, en la dificultad de proyectar un futuro. La repetición de la violencia no es casual, tampoco lo es nuestra creciente anestesia frente a ella. Cuando lo atroz se normaliza, cuando el horror se vuelve paisaje cotidiano, algo del orden de lo simbólico está fracturado. En un contexto así, el psicoanálisis no tiene el lujo de la indiferencia: está llamado a pensar y proponer una lectura lejana a la común, así como alojar lo que no encuentra lugar en los discursos dominantes.

No se trata solamente de teorizar y explicar por qué la violencia, como si pudiéramos suturarla con un sentido definitivo. Explicar, en estos casos, se vuelve un párrafo más de un texto al que nos dirigimos intentando responder, aunque sea en algo, una pregunta constante, teniendo como efecto la ilusión de que todo encaja en un relato coherente. Pero la violencia - y la corrupción como uno de sus modos privilegiados - excede cualquier intento de cierre. Tal vez, más bien, se trata de pensar cómo estos fenómenos se han vuelto la materia misma del lazo social ecuatoriano, aquello que hoy sostiene nuestras relaciones, nuestras instituciones y nuestras formas de vida.

La violencia ya no aparece como una emergencia excepcional, sino como una textura cotidiana que ordena silenciosamente los vínculos. Va desde las esferas más altas del poder - con un presidente que es un “viajero frecuente” y que encarna la desconexión, la fuga y el privilegio como estilo de gestión - hasta la cloaca de la vida diaria, donde la corrupción mínima, la amenaza latente y la supervivencia negociada se vuelven hábitos.

La lógica es la misma: un lazo social sostenido por la desmentida, la desconfianza, la precariedad y la ley del más fuerte.

El psicoanálisis nos permite leer en este escenario algo más que un conjunto de fallas institucionales. Permite situar cómo se reorganizan las modalidades del goce y de la autoridad: cómo la figura del Estado se desvanece como garante y aparece, en su lugar, un Otro inconsistente y errático, del que no se sabe qué esperar, salvo quizás un escándalo más o una renuncia más a la responsabilidad simbólica.

Cuando la ley se vuelve inestable, lo que surge es una proliferación de actos que emergen violentos y que ocupan el lugar del orden perdido. La violencia, entonces, no es solo un síntoma; es un lenguaje: un modo de tramitar las tensiones, de asegurar posiciones, de hacer existir una autoridad por la vía de un acto brutal, un golpe, una vacuna, una amenaza o una ventaja.

Pensar este lazo social no implica resignarse a él, implica reconocerlo sin maquillajes para poder, justamente, abrir otros espacios donde otros modos de lazo puedan advenir. El psicoanálisis no ofrece soluciones técnicas, pero sí una ética: la de no ceder ante la tentación de no hablar. Se trata, más bien, de sostener una interrogación viva sobre aquello que nos ata y nos desata como sociedad y como sujetos en esta particularidad.

 

Isabel Durango

3 de diciembre del 2025

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Literatura, Psiquiatría, Psicoanálisis

Este libro es un ensayo de rigor en la simpleza, un rigor que no le teme a lo banal y que puede permitirse el humor, sin perder lo serio del compromiso con la verdad.

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