

EDITORIAL
¿Psicoanálisis finito o infinito?
En muchos países el psicoanálisis es atacado, como sucede desde su inicio. El estilo de Freud, contrariamente al de Lacan, lleva la huella de ese contexto inicial: el posicionamiento del descubridor del inconsciente es la claridad, el explicar a sus contemporáneos, el convencer con sólidos argumentos teóricos, el restaurar el estatuto de un padre central – cuando sabemos que el suyo no fue ejemplar. Frente al primer psicoanalista, los primeros críticos. Científicos desconcertados frente a un inconsciente del cual solamente perciben manifestaciones, los efectos, sin poder controlarlo.
El discurso de dominio que organiza el lazo social – Lacan lo llamó discurso del amo, orientado por Hegel – ha evolucionado de manera vertiginosa en siglo que nos separa del descubrimiento freudiano. Estamos muy lejos del “amor cortés” que dictaba las reglas del juego en la edad media. Se trataba de cortejar, de desear, de buscar y merecer el objeto (amado), mas no de atraparlo y gozar de él ad nauseam, como hoy. Lejos porque el discurso que ahora manda es el que Lacan llamó discurso capitalista en los años setenta, que propone otro circuito: el eje central ya no es la falta o la espera (que el significante falo nos imponía considerar) sino el objeto mismo; gozar de él es la nueva norma, sin límite, sin pudor. Sexo o droga se consumen tan fácil como una pizza en entrega a domicilio. Lacan advirtió sobre lo que podía pasar en esa transformación del amo antiguo en amo capitalista y, cincuenta años más tarde, estamos sumergidos en los efectos de este nuevo dominio – no tan nuevo finalmente si consideramos la experiencia colonial. Ebrios estamos, con la presencia del objeto, buscando obedecer a la inmediatez, a su urgencia. ¿Ya han recibido pacientes adolescentes o jóvenes adultos que sufren de “fomo”? Pues en eso estamos.
Pero hay un aspecto que Lacan no podía imaginar en ese entonces. Autores como el psicoanalista Charles Melman (desde el 2002) o más recientemente el filósofo Byung-Chul Han, han notado una consecuencia preocupante. Se trata de la alteridad, que se ha vuelto insoportable. La mutación social nos ha empujado de una sociedad de prójimos a una sociedad de semejantes. El prójimo es un vecino (subrayo su proximidad), es alguien que no es necesariamente como yo, es otro. En cambio, el semejante es parecido (se asemeja), es un “mismo” y no me confronta a la diferencia. En una sociedad de semejantes, exijo del otro que sea como yo. En el debate político actual, por ejemplo, ya no se busca convencer, explicar, encontrar matices con un opositor, sino que se busca suprimirlo, evacuarlo.
¿Cómo pretender, en ese contexto, que el psicoanálisis sea reconocido o valorizado? El psicoanálisis no es una visión del mundo, no busca organizar el lazo social, no nos dice cómo habría que gozar. No es un llamado nostálgico para devolverle a la religión su lugar hegemónico. Ni es tampoco un quejido melancólico con un caricatural “era mejor antes”.
El psicoanálisis hoy sería más bien el aguafiestas que no cede, que no participa de ese goce generalizado y parece recibir el mismo tratamiento. Para muestra, un botón: en Francia, donde psiquiatría y psicoanálisis han crecido en una especie de interdependencia fructuosa, la Alta Autoridad para la Salud (HAS) acaba de promulgar una nueva ley (febrero 2026) que excluye al psicoanálisis de toda intervención en el marco de un trastorno de espectro autista (TSA). Hace diez años, el Estado ya había dejado de financiar toda formación que fuera de inspiración psicoanalítica; hoy se trata de prohibir toda práctica que se refiera al psicoanálisis en institución. El anunciado paso siguiente: prohibición y control.
¿Será el fin del psicoanálisis? ¿Finito entonces? ¿Qué podemos hacer en la era de la inteligencia artificial y de un marcado desinterés generacional por el sexo?
El psicoanálisis no es soluble en el discurso capitalista y su rol será el mismo: hacer valer que un acto tiene consecuencias, recordar al sujeto que la categoría del real tiene que ser considerada para que un lazo pueda ser… social.
Omar Guerrero
Agenda 2025










